lunes, 28 de marzo de 2011

SU CAMINO EN LA POESIA

En el año 1923, la revista Nosotros, que lideraba la difusión de la nueva literatura argentina y con hábil manejo formaba la opinión de los lectores, publicó una encuesta, dirigida a los que constituían «la nueva generación literaria». La pregunta estuvo formulada sencillamente: «¿Cuáles son los tres o cuatro poetas nuestros, mayores de treinta años, que usted respeta más?».
Alfonsina Storni tenía en ese entonces treinta y un años recién cumplidos, la edad límite exigida para constituirse en «maestro de la nueva generación». Su libro Languidez, de 1920, había merecido el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura, lo que la colocaba muy por encima de sus pares. Muchas de las respuestas a la encuesta de Nosotros coincidieron en uno de los nombres: Alfonsina Storni.
En 1925 publicó Ocre, que marcó un cambio decisivo en su poesía. Desde hacía dos años era profesora de lectura y declamación en la Escuela Normal de Lenguas Vivas. Su poesía, fundamentalmente de temática amorosa, también se ligó a la temática feminista e intentó desligarse de las hopalandas del Modernismo y volver más la mirada al mundo real. La soledad y la marginación hicieron mella en su salud, y a veces la neurosis le obligaba a dejar su puesto de maestra de escuela.
En ese período, Gabriela Mistral visitó la casa de la calle Cuba. Fue un encuentro de importancia para la escritora chilena, ya que lo publicó ese año en El Mercurio. Cuando, previamente, arregló su cita por vía telefónica, le impresionó la voz de Alfonsina; además, le habían dicho que era fea y, por lo tanto, esperaba una cara que no congeniara con la voz. Preguntó por ella cuando la atendió la misma Alfonsina, dado que la imagen no coincidía con la advertencia. «Extraordinaria la cabeza —recuerda— pero no por rasgos ingratos, sino por un cabello enteramente plateado, que hace el marco de un rostro de veinticinco años». Insiste: «Cabello más hermoso no he visto, es extraño como lo fuera la luz de la luna a mediodía. Era dorado, y alguna dulzura rubia quedaba todavía en los gajos blancos. El ojo azul, la empinada nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil que desmiente la conversación sagaz y de mujer madura». La chilena quedó impresionada por su sencillez, por su sobriedad, por su escasa manifestación de emotividad, por su profundidad sin transcendentalismos. Y sobre todo por su información, propia de una mujer de gran ciudad, «que ha pasado tocándolo todo e incorporándoselo».
Fue nombrada titular en una cátedra del Conservatorio de Música y Declamación, también fue maestra de Castellano y Aritmética en una escuela de Bolívar y además fue designada por el doctor Noel directora del Teatro Infantil Municipal, una decisión que los medios de prensa calificaron como acertada.
En esta época elaboró sus teorías acerca de la relación entre hombres y mujeres con el objetivo de volcarlo en una obra teatral; el resultado se vio reflejado el 20 de marzo de 1927El amo del mundo, que despertaba las expectativas del público y de la crítica. El día del estreno asistió el presidente Alvear acompañado de su esposa, Regina Pacini. La obra no tuvo una buena crítica, y a los tres días tuvo que retirarse de cartel, lo que provocó la indignación de Alfonsina. cuando se estrenó su obra de teatro
En la revista Nosotros de abril de 1927 se publicó los detalles de la puesta en escena y se comentó que un señor apellidado Bengoa se presentó en su departamento de Córdoba y Esmeralda y dijo que era empresario teatral y quería presentar la obra con la esposa de éste como intérprete. La actriz le comentó a Alfonsina el deseo de interpretar al personaje de otro modo. En el primer ensayo, Alfonsina observó que el carácter del personaje, Márgara, se había desviado a causa de la falta de acotaciones. Pensó que iba a poder corregir la situación, pero por las realidades comerciales del teatro no lo logró. Intentó hacer otros cambios en la obra pero el director artístico le dijo que había entendido la obra mejor que ella y que tenía la obligación de defenderla, lo que provocó el enojo de Alfonsina, que no concurrió más a los ensayos. El día del estreno descubrió que habían retirado un proverbio hindú de boca de uno de los personajes; más tarde consiguió que lo restituyeran, pero no logró evitar el fracaso de la obra. El diario Crítica tituló: «Alfonsina Storni dará al teatro nacional obras interesantes cuando la escena le revele nuevos e importantes secretos». La escritora se sintió muy dolida por su fracaso, y trató de explicarlo atribuyéndole la culpa al director y a los actores. El cronista recomendó en su crítica incorporar nuevos actores porque los originales podían dañar la escena debido a su profesionalismo mecánico y concluyó que a Alfonsina le faltaba conducir la acción de sus obras con la vivacidad que conduce sus diálogos para que sus obras fueran una pieza fuerte en el teatro argentino.Según esta crítica, la obra parecía «tres diálogos y un final», similar a una tertulia de causeurs que en ocasiones hacían aportes graves e inteligentes. Alfonsina afirmó que el diario Crítica había dado la orden de criticar en forma negativa todo lo que hiciera su compañía sin dar a conocer la razón. Todas las críticas las asumió como el resultado de una conspiración y no fue capaz de hacer una autocrítica para advertir los posibles defectos del texto.
El diario La Nación realizó una crítica que le molestó; ella colaboraba con el diario, y dijo con ironía que era admiradora del crítico Octavio Ramírez pero que nunca lo saludó. Además, se burló del crítico al describirlo en un palco o en la platea, con la cabeza entre las manos, madurando críticas que al día siguiente serían el regocijo del mundo teatral. Adujo que realizó la crítica sin compasión porque Ramírez quería agradar al director artístico que estaba enojado con Alfonsina por los desentendimientos mutuos. Sin embargo, el director del diario Mitre le permitió hacer una réplica en donde realizó consideraciones generales. También reconoció que se realizó una crítica positiva del diario La Prensa a pedido de algún miembro de la empresa pero esta crítica no fue positiva del todo: afirmaba que la comedia no era espontánea y precisa por la inexperiencia de la visión del teatro. Además criticaba otros detalles del ambiente y del carácter de la protagonista. El común de todas las críticas y lo que Alfonsina no supo interpretar es que el texto tenía escaso sentido teatral. Lo positivo que señalaban estas crónicas eran los parciales aciertos literarios, la actuación del elenco y la del niño Héctor Costa, que le pronosticaban un futuro de actor. La crítica más dura y ofensiva la realizó Edmundo Guibourg, quien afirmó que Alfonsina denigraba al hombre, a lo que ella le replicó que había escrito trescientas poesías dedicadas al «animal razonador». Ramírez también concluyó que la obra era un «alegato con el propósito de defender a la mujer, tiene en su contra la artificiosidad de una situación que, lejos de ser mal permanente, rara vez se presenta y pierde todavía consistencia en su expresión escénica con la insistencia en argumentos de fácil y conocida sofística, destinados a infiltrarnos un convencional y lacrimoso sentido de la vida».
Este fracaso fue difícil para ella, ya que venía de diez años de elogios por cada libro de poemas y ahora estaba exponiendo sus verdades más íntimas. El argumento de la obra es una síntesis de su vida: la mujer que ha sido madre revela su secreto al hombre de quien se enamora y éste termina prefiriendo contraer matrimonio con otra de no muy buen pasado pero sin hijos, la mujer termina ayudando a su rival a conquistar el hombre que ama y confiesa la verdad de su origen al hijo, a quien dedica el resto de su vida.
Monumento a Alfonsina Storni frente a la playa La Perla en Mar del Plata.

Poesía en prosa

En 1926 escribió Poemas de amor y ocho años después publicó Mundo de siete pozos. En este lapso de tiempo se orientó hacia otro género, los relatos en primera persona, a veces con rasgos autobiográficos donde las ideas no pertenecen ni al espacio ni a la poesía ni tampoco a la nota periodística informativa. El diario Crítica publicó en ocasiones estos relatos y uno titulado Psicología de a dos centavos donde una mujer, Juliana, le cuenta por carta a su amiga Amelia los pormenores de su reciente divorcio.
Este relato narra la historia de una mujer recién divorciada que se aloja en una casa de campo y se enamora de un muchacho veinteañero. La idea del texto es definir a la mujer decente; según la autora, para una mujer normal y decente, tres hombres es el número exacto: uno es el pecadillo prematrimonial, el otro es el esposo y el último el nuevo esposo por divorcio. El relato reveló además el placer que provoca la belleza de un hombre joven.

RELACION CON HORACIO QUIROGA

Horacio Quiroga le recomendó en una carta a José María Delgado viajar a Buenos Aires para conocer a Alfonsina y conversar sobre su poesía; además, comenzó a concurrir al cine con Alfonsina y los hijos de ambos y en una oportunidad en una reunión en una casa de la calle Tronador, donde se reunían los escritores de la época, jugaron a las prendas, consistiendo en que Alfonsina y Horacio debían besar al mismo tiempo las caras de un reloj de cadena que sostenía Horacio. Éste rápidamente retiró el reloj en el momento que Alfonsina se aproximaba a sus labios terminando en un beso, episodio que no le causó mucha gracia a su madre, quien se encontraba presente.
Quiroga la mencionó frecuentemente en sus cartas entre los años 1919 y 1922 pero no se sabe a ciencia cierta la duración y el tenor de la relación. La mención del escritor la destaca en un grupo donde no había otras escritoras. En sus misivas a su amigo José María la menciona con respeto por su obra y la trata como su igual y en un aviso que el grupo Anaconda viajaba a Montevideo la lista la encabeza Alfonsina sin el apellido, una demostración de la confianza mutua. Por otra parte, en un aviso del 11 de mayo de 1922 de una visita para días posteriores, anunció que viajaría con sus hijos y con ella y proponía comer todos juntos. Además, Emir Rodríguez Monegal, biógrafo de Quiroga, testimonió el relato de Emilio Oribe, poeta uruguayo que dijo que Quiroga esperó a Alfonsina a la salida de unas conferencias que dio en la Universidad posiblemente sobre la poesía de Delmira Agustini. Quiroga no quiso asistir a este evento pero la esperó a Alfonsina a la salida; ella apareció cubierta de un sombrero de paja que sorprendió a los habitantes del barrio cercano al puerto.
Alfonsina acompañaba a Quiroga al cine, a las tertulias literarias y a escuchar música: a los dos les gustaba Wagner. Frecuentemente viajaron a Montevideo y se tomaron fotografías, donde aparecen alegres. Los viajes se realizaron porque Quiroga fue adscripto del Consulado uruguayo y siempre lo hacía acompañado de intelectuales femeninas.
Cuando Quiroga viajó a Misiones en 1925 ella no lo acompañó por recomendación de Benito Quinquela Martín, quien le dijo «¿Con ese loco? ¡No!». De esa forma el escritor viajó solo a San Ignacio, dejando su departamento al uruguayo Enrique Amorim. En esa vivienda Alfonsina se presentó en una oportunidad para solicitar noticias de Quiroga, que no escribía Este viaje duró un año y a su regreso Quiroga restableció la amistad con Alfonsina tras una reunión en una casa que había alquilado en Vicente López, donde se leyeron sus creaciones y, más tarde, salieron al cine y a varios conciertos ofrecidos por la sociedad Wagneriana.
Esta relación finalizó en 1927, cuando el escritor conoció a María Elena Bravo y contrajo su segundo matrimonio. Nunca se supo si él y Alfonsina fueron amantes, ya que no abordaban el tema del amor como tales. Sí se sabe que ella apreciaba a Quiroga como un amigo que la comprendía y que le dedicó un poema cuando él se suicidó, diez años más tarde, que presagia su propio final.
Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria...
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías...
Allá dirán.
 
 

POETISTA EN BUENOS AIRES

En 1911 se trasladó a Buenos Aires, llevando consigo sus pocas pertenencias. Arribó a la estación del ferrocarril del Norte (actualmente Retiro) y se hospedó en una pensión hasta el año siguiente. El 21 de abril nació su hijo Alejandro, sin padre conocido; el parto se llevó a cabo en el hospital San Roque (hoy Hospital Ramos Mejía). Más tarde madre e hijo se debieron mudar a una casa compartida con un matrimonio.
Descansó unos meses y en 1913 consiguió trabajo de cajera en una farmacia y posteriormente en la tienda A la ciudad de México. Realizó algunas colaboraciones en la revista Caras y Caretas, se supone mediante recomendación. La remuneración era de veinticinco pesos. Además, leía todos los avisos que ofrecían empleos hasta que encontró una solicitud de «corresponsal psicológico» que contara con redacción propia. La empresa solicitante se llamaba Freixas Hermanos, y se dedicaba a la importación de aceite. Se presentó a la entrevista laboral siendo la única mujer entre cien varones postulados debiendo insistir firmemente para que le permitieran ser evaluada. El examen consistió en la redacción de una carta comercial y dos avisos publicitarios, uno de yerba mate y otro de aceite de la firma. Al cabo de unos días le notificaron que era la elegida. Por ser mujer, su sueldo fue de doscientos pesos cuando al anterior empleado le pagaban cuatrocientos. En Caras y Caretas se relacionó con José Enrique Rodó, Amado Nervo, José Ingenieros y Manuel Ugarte; fue con los dos últimos con quienes su amistad fue más profunda. Con este empleo, su situación económica mejoró, por lo que pudo realizar viajes frecuentes a Montevideo, donde conoció a la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou y al que sería su gran amigo, el escritor también uruguayo Horacio Quiroga.
Storni junto a uno de sus amigos, el escritor Fermín Estrella Gutiérrez, en Córdoba en 1922. Él le sobrevivió 51 años.

La inquietud del rosal, un libro de poesías donde expresaba sus deseos como mujer y describía su condición de madre soltera sin ningún tipo de complejo,se publicó en 1916, aunque nunca le pudo pagar la edición al imprentero. Lo escribió en su trabajo mientras dictaba órdenes y correspondencias a la mecanógrafa. En un encuentro que tuvo con el poeta Félix Visillac le leyó los versos; al terminar, éste le propuso acompañarla a la imprenta de Miguel Calvello, quien aceptó imprimir el libro a cambio de quinientos pesos por quinientos ejemplares. Alfonsina aceptó pero nunca pagó la cuenta porque no logró reunir el dinero. Además, le ofreció a Leopoldo Lugones los originales por miedo a ser acusada de impúdica a causa de esta publicación, y también le dio una dirección postal, Belgrano 843. No hay referencia alguna de que Lugones respondiera. El poeta era celoso de sus potenciales rivales, y más aun tratándose de una mujer, por lo que jamás le dedicó ninguna de sus críticas.
El libro no tuvo una buena aceptación. La revista Nosotros, de Roberto Giusti y Alfredo Bianchi le dedicó media página en marzo de 1916 diciendo: «libro de una poeta joven y que no ha logrado todavía la integridad de sus cualidades, pero que en el futuro ha de darnos más de una valiosa producción literaria». Llevó a Rosario cien ejemplares y le comentó a su madre que había vendido muy pocos ejemplares por ser una escritora inmoral.
La publicación de este libro le permitió ingresar a los cenáculos de escritores, como la primera mujer en integrarlo. Además, la ayuda del poeta Juan Julián Lastra y las colaboraciones en Caras y Caretas le permitieron relacionarse con los editores de la revista Nosotros, una revista literaria que reunía a los escritores más conocidos. A las reuniones asistía llevando su libro como carta de presentación. Su primera reunión fue una comida en homenaje a Manuel Gálvez, quien festejaba el éxito de su obra El mal metafísico. En esta oportunidad, Alfonsina recitó algunos de sus versos y otros de Arturo Capdevilla, destacándose su voz metálica.
A raíz de algunas críticas de sus jefes en su trabajo de corresponsal psicológico, quienes no veían bien que la escritora de un libro que limitaba con la inmoralidad trabajase allí, tuvo que renunciar. Le prometieron dejarla seguir si les aseguraba que no volvería a repetirse pero ella no aceptó, según una versión contada por Conrado Nalé Roxlo; hay otras versiones que indican que fue por problemas de salud.
Amado Nervo, el poeta mexicano paladín del modernismo junto con Rubén Darío, publicó sus poemas también en Mundo Argentino, y esto da una idea de lo que significaría para ella, una escritora sin reconocimiento aún, el haber llegado hasta aquellas páginas. En 1919 Nervo llegó a la Argentina como embajador de su país, y frecuentó las mismas reuniones que Alfonsina. Ella le dedicó un ejemplar de La inquietud del rosal, y lo llamó en su dedicatoria «poeta divino». Vinculada entonces a lo mejor de la vanguardia novecentista, que empezaba a declinar, en el archivo de la Biblioteca Nacional uruguaya, hay cartas al uruguayo José Enrique Rodó, otro de los escritores principales de la época, modernista, autor de Ariel y de Los motivos de Proteo, ambos libros pilares de una interpretación de la cultura americana. El uruguayo escribía, como ella, en Caras y Caretas y era, junto con Julio Herrera y Reissig, el jefe indiscutido del por ese entonces nuevo pensamiento en el Uruguay. Ambos contribuyeron a esclarecer los lineamientos intelectuales americanos a principios de siglo, como lo hizo también Manuel Ugarte, cuya amistad le llegó a Alfonsina junto con la de José Ingenieros.
Eran épocas de crisis, en las que la poesía no alcanzaba para vivir. Para complementar sus actividades, Storni escribía gratis para el periódico La Acción, de tendencia socialista y en la revista Proteo de tendencia latinoamericanista. Buscó un trabajo más rentable y consiguió ser directora en el colegio Marcos Paz, en la calle Remedios de Escalada y Argerich. La escuela, perteneciente a la Asociación Protectora de Hijos de Policías y Bomberos, funcionaba en una casa rodeada de un gran jardín, y además tenía una biblioteca con más de dos mil libros que le permitió completar sus lecturas. Poco después de conseguir dicho empleo se mudó a una casa en la calle Acevedo 2161, que se encontraba más cerca del establecimiento, junto a su hermana. Cuando asistía a los encuentros literarios dejaba a su hijo Alejandro con la hermana, su amiga Josefina Grosso y Josefina, la hija de esta última, que jugaba con él para entretenerlo.
Su voluntad no la abandonó, y siguió escribiendo. Publicó El dulce daño, en 1918. El 18 de abril de ese año se le ofreció una comida en el restaurante Génova, de la calle Paraná y Corrientes, donde se reunía mensualmente el grupo de Nosotros, y en esa oportunidad se celebró la aparición de El dulce daño. Los oradores fueron Roberto Giusti y José Ingenieros, su gran amigo y protector, y a veces su médico. Alfonsina se estaba reponiendo de la gran tensión nerviosa que la había obligado a dejar momentáneamente su trabajo en la escuela, pero su cansancio no le impidió disfrutar de la lectura de su poema Nocturno, hecha por Giusti, en traducción al italiano de Folco Testena
En 1918 Alfonsina recibió una medalla de miembro del Comité Argentino Pro Hogar de los Huérfanos Belgas, donde también se homenajeó a Alicia Moreau de Justo y Enrique del Valle Iberlucea por haber aparecido como concurrente a un acto en defensa de Bélgica, con motivo de la ocupación alemana. Ese año siguió visitando Montevideo, donde hasta su muerte frecuentaría a sus amigos uruguayos. Juana de Ibarbourou diría lo siguiente, años después de la muerte de la poetisa argentina:
«Su libro Languidez, de 1920, había merecido el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura. También en 1920 vino por primera vez a Montevideo. Era joven y parecía alegre; por lo menos su conversación era chispeante, a veces muy aguda, a veces también sarcástica. Levantó una ola de admiración y simpatía. Un núcleo de lo más granado de la sociedad y de la gente intelectual la rodeó siguiéndola por todos lados. Alfonsina, en ese momento, pudo sentirse un poco reina».
En una visita que realizó al local de las Lavanderas Unidas, un pseudosindicato del socialismo, cuyo local quedaba al final de la avenida Pueyrredón y era frecuentado por personas de raza negra, parda y mulatas, comenzó a dudar de la época en la que vivía; se sintió trasladada a la época colonial y a temer que sus poemas resultaran futuristas, cosa que no ocurrió, ya que logró relacionarse desde el primer momento.
En 1920 viajó a Montevideo, con el fin de leer su poesía y la de Delfina Bunge, esposa del novelista Manuel Gálvez, cuyo libro Poemas fue traducido del francés por Alfonsina, y para dictar una conferencia sobre la poetisa Delmira Agustini. Viajó junto a las familias Gálvez y Capdevila. En este viaje conoció a Carlos Quijano, quien años más tarde dirigió el periódico Marcha en ese país. A su regreso se cree que Quijano fue quien la despidió en el puerto arrojando fósforos encendidos.
Visitó el Cementerio del Buceo y escribió su poema Un cementerio que mira al mar centrado en un diálogo con los muertos. También había publicado los libros Irremediablemente y Languidez anteriormente. Este mismo año comenzó a escribir en su nueva casa de José Bonifacio 2011, donde se mudó con su hijo, su poema Ocre que tardó cinco años en publicar reiterando la temática de la mujer.
Al mismo tiempo participó en el grupo Anaconda, una agrupación literaria cuyas reuniones se celebraban en Capital Federal, en el hogar del acuarelista Emilio Centurión. Esta variedad de actividades le produjo estrés a Alfonsina, quien lo manifestó mediante nervios, cansancio y depresión. Viajó varias a veces a Mar del Plata y a Los Cocos, Córdoba, para descansar.También se reunía en los altos del Teatro Empire, lo cual en ese entonces era un cine ubicado en la esquina de Corrientes y Maipú, donde entabló amistad con Nalé Roxlo.

CARRERA DOCENTE

En el año 1909 dejó el hogar materno para terminar sus estudios en Coronda. En esa localidad se dictaba la carrera de maestro rural, en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales. En el registro de inscripciones aparece la leyenda «Alfonsina Storni, 17 años, suiza». Fue aceptada por su entusiasmo, porque no tenía certificado de estudios primarios y tampoco aprobó el examen de ingreso, pero la escuela recién abría y necesitaba alumnos, según declaró la señorita Gervasoni, directora del establecimiento, quien además dijo que Alfonsina mostraba interés en progresar. Además, la nombraron celadora a cambio de un sueldo de cuarenta pesos. La pensión donde se alojaba le costaba veinticinco pesos, lo que la obligaba a mantenerse con los quince pesos restantes. Este alojamiento era propiedad de Mercedes Gervasoni de Venturini, la hermana de la directora del colegio. Es posible que Alfonsina cobrara una beca estatal de treinta pesos, gestionada por el diputado Mardoquio Contreras, pero este hecho no está comprobado.
Su profesora de Idioma Nacional, Emilia Pérez de la Barra, la estimuló a trabajar porque había detectado en ella condiciones de escritora. Por su parte, la secretaria de la institución, Carlota Garrido de la Peña, una escritora santafesina, propuso publicar un boletín del colegio que reflejara las actividades del mismo y del lugar. En el segundo número se describe que la alumna docente Storni cantó una romanza con voz dulce y sentimental y en los números cuatro a siete se publicó un trabajo expuesto en una conferencia sobre temas pedagógicos que se celebró todos los sábados por los alumnos del segundo año. Se trataba de un método para enseñar aritmética en los primeros grados.
En 1910 Storni comenzó a realizar viajes los fines de semana sin que nadie supiese a dónde iba y de dónde conseguía el dinero. Alguien se dio cuenta que viajaba a Rosario. En la ciudad de San Lorenzo, durante la celebración del aniversario de la Batalla de San Lorenzo, le pidieron que cante. En un escenario adornado de banderas argentinas entonó la Cavatina de El Barbero de SevillaRossini. Le pidieron un bis y en un momento de silencio alguien afirmó en voz alta que era la muchacha que cantaba en Rosario en un lugar de dudosa reputación, a lo que el público respondió con risas. Al regresar a la pensión escribió en una nota: «Después de lo ocurrido no tengo ánimos para seguir» y se perdió de vista. La nota fue hallada por la esposa del comisario, que fue a su habitación a la hora de la comida para ver por qué no llegaba. Salió la familia a buscarla y la encontraron en un barranco llorando. El comisario le palmeó la espalda y se tranquilizó. Por la noche recuperó el humor, pero esta escena pudo ser el presagio de lo que pasaría treinta años después. de
Su madre asistió a la entrega de diplomas de maestros. En el programa del acto figuraban tres poemas de Alfonsina; uno de ellos fue recitado por alumnos del jardín de infantes y titulado Un viaje a la luna. Ese año el tema planetario estaba de moda porque se había visto al cometa Halley, lo cual despertó temor en la población e incluso suicidios.Además, entonó El brindis de la Traviata de Verdi y antes de irse le dedicó a la directora María Margarita Gervasoni un poema llamado El maestro que incluyó la frase «a mi inteligente y noble directora».
En abril de 1921 ingresó como docente en la Escuela para Niños Débiles del Parque Chacabuco, una institución creada por Hipólito Yrigoyen para contrarrestar los efectos de la pobreza, albergando a niños mal alimentados o raquíticos. Se los trataba con un programa de sol y ejercitación física. Alfonsina no se sentía a gusto en este empleo porque decía que las autoridades no eran comprensivas con ella.
 
 

SU INDEPENDIZACION

El trabajo hogareño no la conformaba, ya que no le rendía económicamente y conllevaba largas horas de encierro. Para cambiar su situación, buscó trabajo en forma independiente: lo encontró en una fábrica de gorras y, posteriormente, se la vio entregando volantes en algún festejo del Día del Trabajo.
En 1907 Manuel Cordero, un director teatral que estaba de gira en las provincias junto con su compañía, arribó a Rosario. Lo hizo en Semana Santa, con el objetivo de representar las Escenas de la Pasión. Paulina tomó contacto con la compañía y se le asignó el papel de María Magdalena. Alfonsina, por su parte, asistió a los ensayos y, dado que dos días antes del estreno se enfermó la actriz que personificaba a San Juan Evangelista y que ella sabía de memoria todos los papeles y no le incomodaba interpretar a un hombre, la reemplazó. Al otro día la prensa elogió su actuación.
Al poco tiempo visitó Rosario la compañía de José Tallavi para entrevistarse con Alfonsina, quien les demostró que podía recitar y memorizar largos versos, y se le ofreció trabajo. De esta manera, Alfonsina dejó la casa de Rosario junto al resto de su familia. En un año recorrió Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero y Tucumán representando Espectros de Ibsen, La loca de la casa de Pérez Galdós y Los muertos de Florencio Sánchez. No se conocen mayores detalles de este año de gira; únicamente se sabe que intercambió correspondencia con Julio Cejador, un filólogo español.
Según declaró a la revista El Hogar, a su regreso escribió su primera obra de teatro, Un corazón valiente; sin embargo, no han quedado testimonios de este hecho. Además, se enteró de que su madre había contraído matrimonio con Juan Perelli, un tenedor de libros, y que se había mudado a la localidad de Bustinza, donde había establecido nuevamente su escuela domiciliaria.[20] Para poder visitarla se trasladó en tren hasta Cañada de Gómez el 24 de agosto de 1908 donde la esperaba José Martínez para trasladarla hasta el pueblo en un break con capota, utilizado para trasladar la correspondencia hasta dicho lugar. Esa noche asistió a una fiesta en la casa del Juez de Paz, Bartolomé Escalante, e inició una amistad con algunas jovencitas del lugar, a quienes visitaba y acompañaba cuando andaban a caballo.
Se alojó en la casa alquilada por su madre frente a la plaza, donde jugaba al tenis con Prima Correa, hija de la dueña de la propiedad, utilizando unas grandes alpargatas negras como raquetas. En el galpón del fondo de la propiedad solía fumar a escondidas cigarrillos de chala con Rafaela Ramírez, una joven del pueblo. También asistía a paseos, fiestas vecinales y celebraciones religiosas.
Dictaba clases de recitado y de buenos modales en la escuela de su madre. Una alumna suya, Amalia Medina, la definió como una persona muy fina en su porte, en su bailar y en su mímica. Aunque se la caracterizaba como una persona delicada y cariñosa, hay testimonios de algunos días melancólicos donde se encerraba en sí misma y cantaba canciones tristes y dolientes.
 
 

SU VIAJE AL ROSARIO

En 1901 la familia se trasladó nuevamente, esta vez a la ciudad de Rosario, por motivos desconocidos. Llevaron consigo algunos ahorros con los que Paulina abrió una pequeña escuela domiciliaria, y pasó a ser la cabeza de una familia numerosa, pobre y sin nadie que la maneje. Los alumnos abonaban un peso con cincuenta por cada uno y llegaron a ser cincuenta; sin embargo, la ganancia de setenta y cinco pesos mensuales no permitían una vida cómoda.
Instalaron el «Café Suizo», cerca de la estación de tren; no se sabe la fecha con certeza, pero sí que el proyecto fracasó. Alfonsina dejó de asistir a la escuela y comenzó a trabajar lavando platos y atendiendo las mesas a la edad de diez años. Las demás mujeres comenzaron a trabajar de costureras. El fracaso lo puede haber provocado la imposibilidad de manejar el negocio y el alcoholismo del padre, quien se sentaba en una mesa a beber hasta que su esposa, junto con uno de sus hijos, lo arrastraban hasta su cama. Una vez cerrado el emprendimiento se mudaron de casa, su hermana María se casó y Alfonso, su esposo, falleció por causas que no se conocen. Este hecho coincide con la edad en que Alfonsina comenzó a escribir poesías. Tenía un mal recuerdo de aquel momento y lo expresó de esta manera:
A los doce años escribo mi primer verso. Es de noche; mis familiares ausentes. Hablo en él de cementerios, de mi muerte. Lo doblo cuidadosamente y lo dejo debajo del velador, para que mi madre lo lea antes de acostarse. El resultado es esencialmente doloroso; a la mañana siguiente, tras una contestación mía levantisca, unos coscorrones frenéticos pretenden enseñarme que la vida es dulce. Desde entonces, los bolsillos de mis delantales, los corpiños de mis enaguas, están llenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como migas de pan.[16]
Las tareas domésticas no le dejaban tomarse un descanso, ya que tenía que ayudar con la costura a su madre hasta la madrugada y con las tareas escolares a su hermanito. Una fotografía tomada en 1905 los muestra sentados en un sillón de mimbre y al niño vestido con trajecito de marinero. Esta toma fue hecha por un fotógrafo del barrio un día que ella vistió a su hermano y salió con él, según relató Olimpia Perelli, su media hermana.   
 
 

LA INDEPENDIZACION

El trabajo hogareño no la conformaba, ya que no le rendía económicamente y conllevaba largas horas de encierro. Para cambiar su situación, buscó trabajo en forma independiente: lo encontró en una fábrica de gorras y, posteriormente, se la vio entregando volantes en algún festejo del Día del Trabajo.
En 1907 Manuel Cordero, un director teatral que estaba de gira en las provincias junto con su compañía, arribó a Rosario. Lo hizo en Semana Santa, con el objetivo de representar las Escenas de la Pasión. Paulina tomó contacto con la compañía y se le asignó el papel de María Magdalena. Alfonsina, por su parte, asistió a los ensayos y, dado que dos días antes del estreno se enfermó la actriz que personificaba a San Juan Evangelista y que ella sabía de memoria todos los papeles y no le incomodaba interpretar a un hombre, la reemplazó. Al otro día la prensa elogió su actuación.[18]
Al poco tiempo visitó Rosario la compañía de José Tallavi para entrevistarse con Alfonsina, quien les demostró que podía recitar y memorizar largos versos, y se le ofreció trabajo. De esta manera, Alfonsina dejó la casa de Rosario junto al resto de su familia. En un año recorrió Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero y Tucumán representando Espectros de Ibsen, La loca de la casa de Pérez Galdós y Los muertos de Florencio Sánchez. No se conocen mayores detalles de este año de gira; únicamente se sabe que intercambió correspondencia con Julio Cejador, un filólogo español.[19]
Según declaró a la revista El Hogar, a su regreso escribió su primera obra de teatro, Un corazón valiente; sin embargo, no han quedado testimonios de este hecho. Además, se enteró de que su madre había contraído matrimonio con Juan Perelli, un tenedor de libros, y que se había mudado a la localidad de Bustinza, donde había establecido nuevamente su escuela domiciliaria.[20] Para poder visitarla se trasladó en tren hasta Cañada de Gómez el 24 de agosto de 1908 donde la esperaba José Martínez para trasladarla hasta el pueblo en un break con capota, utilizado para trasladar la correspondencia hasta dicho lugar. Esa noche asistió a una fiesta en la casa del Juez de Paz, Bartolomé Escalante, e inició una amistad con algunas jovencitas del lugar, a quienes visitaba y acompañaba cuando andaban a caballo.
Se alojó en la casa alquilada por su madre frente a la plaza, donde jugaba al tenis con Prima Correa, hija de la dueña de la propiedad, utilizando unas grandes alpargatas negras como raquetas. En el galpón del fondo de la propiedad solía fumar a escondidas cigarrillos de chala con Rafaela Ramírez, una joven del pueblo. También asistía a paseos, fiestas vecinales y celebraciones religiosas.
Dictaba clases de recitado y de buenos modales en la escuela de su madre. Una alumna suya, Amalia Medina, la definió como una persona muy fina en su porte, en su bailar y en su mímica. Aunque se la caracterizaba como una persona delicada y cariñosa, hay testimonios de algunos días melancólicos donde se encerraba en sí misma y cantaba canciones tristes y dolientes